Suele sonreír poco, no más allá de un esbozo. Parece hasta un punto hosco. Quizá todo sea cosa de la bilis taciturna, o del insomnio, o de saberse sobrepasado o tal vez malentendido entre halagos y felicitaciones. A veces, también, se le ve con gabardina, tocado con mascota de posguerra y con sus gafas como de funcionario, adaptado a la gris existencia. Con gabardina suele aparecer en un posado clásico: junto al célebre puente otomano sobre el río Drina, donde se desarrolla su novela más famosa, Un puente sobre el Drina.
